Cuando era pequeño mis padres me llevaban a una playa “salvaje”, una playa desierta y aún no colonizada por el peligroso turista para huir de las aglomeraciones que asolan el verano de todo pueblo costero.
Aún ahí no había llegado los chiringuitos, ni las sombrillas, y todo estaba como la naturaleza bien quiso crear. Pues es sorprendente como todo cambia, y lo pude comprobar cuando volví después de muchos años.
Se trata de Costa Ballena y la foto que acompaña a esta entrada es como se encuentra ahora. Es una urbanización de lujo, con un parque gigantesco y precioso, rodeado de hoteles y spa, e incluso con un campo de golf.
La verdad es que está muy bien, pero así y todo me da pena el que se haya perdido un lugar que me traía tan buenos recuerdos y que ya sólo está presente en mi memoria.
